MÚSICA
PARA CAMALEONES DE TRUMAN CAPOTE (1980)
(Resumen
del prólogo)
1
Mi vida –como artista,
por lo menos– puede ser proyectada en un gráfico con la misma precisión que una
fiebre, registrándose altos y bajos, ciclos específicamente definidos. Comencé
a escribir a los ocho años, inesperadamente, sin la inspiración de un modelo.
2
Sólo
cuatro cosas me interesaban: leer, ir al cine, zapatear y dibujar. Luego, un
día, empecé a escribir, sin saber que me había encadenado, de por vida, a un
amo noble pero despiadado.
3
Cuando
Dios nos ofrece un don, al mismo tiempo nos entrega un látigo, y éste sólo
tiene por finalidad la autoflagelación.
4
Había
que aprender, y de tantas fuentes: no sólo de los libros, sino de la música, de
la pintura, de la mera observación cotidiana. En realidad, lo más interesante
que escribí en ese tiempo fueron las simples observaciones cotidianas que
asentaba en mi diario.
5
Uno
aprende más del fracaso que del éxito. Así fue en mi caso, y más adelante pude
aplicar con gran provecho lo que aprendí.
6
En
un cuento de Henry James, creo que The Middle Years, el protagonista, que es un
escritor en las sombras de la madurez, se lamenta: “Vivimos en la oscuridad,
hacemos lo que podemos; el resto es la locura del arte”.
7
Los
escritores, al menos los que están dispuestos a correr verdaderos riesgos, los
que se aventuran a todo, tienen mucho en común con otra raza de solitarios: los
que se ganan la vida jugando al billar y a los naipes.
8
Muchos
pensaron que estaba loco al pasar seis años recorriendo las llanuras de Kansas;
otros rechazaron mi concepción de la “novela verídica”, decretándola indigna de
un escritor “serio”. Norman Mailer la describió como “un fracaso de la
imaginación”, queriendo decir, supongo, que un novelista debería escribir sobre
algo imaginario y no sobre algo real.
9
Durante
cuatro años, aproximadamente entre 1968 y 1972, me dediqué a leer, seleccionar,
corregir y clasificar mis propias cartas, las de otras personas, mis diarios
(que contienen descripciones detalladas de cientos de escenas y conversaciones)
correspondientes al período 1943-1965. Tenía la intención de utilizar gran
parte de ese material en un libro que planeaba desde hacía años: una variante
de la novela verídica.
Lo
titulé Answered Prayers (Plegarias escuchadas), que es una cita de Santa
Teresa, quien dijo: “Se derraman más lágrimas por plegarias escuchadas que no
escuchadas”. Comencé a trabajar en este libro en 1972, escribiendo primero el
último capítulo (siempre es bueno saber adónde va uno). Luego escribí el
primero, “Monstruos no malcriados”, después el quinto, “Un severo insulto al
cerebro”, a continuación el séptimo, “La côte basque”. Proseguí de esta forma,
escribiendo distintos capítulos fuera de secuencia. Pude hacerlo porque el
argumento –o argumentos, más bien- eran verídicos, y todos los personajes,
reales.
No era difícil recordarlo todo, pues no había
inventado nada. Sin embargo, no fue mi intención escribir un roman à clef, ese
género en que los hechos se disfrazan de ficción. Mis intenciones eran lo
opuesto: quitar los disfraces, no fabricarlos. En 1975 y 1976 publiqué cuatro
capítulos del libro en la revista Esquire. Esto enojo en ciertos
círculos, en los que se tuvo la sensación de que yo estaba traicionando
confidencias, maltratando a amigos y / o a enemigos. No quiero discutir esto;
se trata de política social y no de mérito artístico. Diré solamente que todo
lo que tiene el escritor para trabajar es el material que ha reunido como
resultado de su propio esfuerzo y de sus observaciones, y no se le puede negar
el derecho de usarlo. Se podrá condenar su uso, pero no negárselo.
10
Por
empezar, creo que la mayoría de los escritores, incluso los mejores, recargan
las tintas. Yo prefiero aligerarlas, usar un estilo simple y cristalino como un
arroyo de campo. Descubrí que mi estilo se volvía demasiado denso, que me
llevaba tres páginas conseguir efectos que debería lograr en un solo párrafo.
Volví a leer y a releer todo lo que había escrito en Answered Prayers, y empecé
a tener dudas, no acerca del material o de mi enfoque, sino de la textura del
estilo.
11
Un
escritor debía tener a su disposición, sobre su paleta, todos los colores,
todas las habilidades para poderlos combinar y, cuando fuera apropiado, aplicar
simultáneamente.
12
Por lo general, el periodista tiene que
entrar en la obra como personaje, como observador testigo, si es que quiere
mantener el libro dentro del plano de lo verosímil. Yo sentía que era esencial,
para el tono aparentemente objetivo del libro, que el autor permaneciera
ausente. En realidad, en todos mis reportajes, siempre intenté mantenerme lo
más invisible que fuera posible. Ahora, sin embargo, me coloqué en el centro
del escenario y empecé a reconstruir, de una manera severa y mínima,
conversaciones cotidianas con personas comunes: el encargado de mi edificio, un
masajista en el gimnasio, un viejo compañero de escuela, mi dentista. Después
de escribir cientos de páginas sencillas, llegué a conseguir un estilo. Había
descubierto un marco dentro del cual podía asimilar todo lo que sabía del arte
de escribir. Más tarde, utilizando una versión modificada de esta técnica,
escribí una nouvelle verídica (Féretros tallados a mano) y una cantidad de
cuentos. El resultado es el presente volumen, Música para camaleones. ¿Cómo ha
afectado todo esto al resto de mi obra en preparación, Answered Prayers?
Considerablemente. Mientras tanto, heme aquí solo, sumido en mi oscura locura,
completamente solo con mi mazo de naipes y, por supuesto, con el látigo que
Dios me dio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario